¿Todavía hiberna el oso ruso? La política exterior rusa a debate

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Hace escasas semanas, en el marco del 70º aniversario de la Organización de las Naciones Unidas, Vladimir Putin dirigió un discurso a la Asamblea General en el que hizo una encendida defensa del multilateralismo. El presidente de la Federación Rusa se ceñía así a la línea oficial marcada por el Ministerio de Asuntos Exteriores en sus “Directrices de la Política Exterior de la Federación Rusa”, documento publicado en febrero de 2013 en el que se definen las prioridades de la acción exterior de la potencia euroasiática. El líder ruso lamentó que 25 años después de la caída del muro de Berlín, Occidente insiste en las políticas de división sin detener la expansión de la OTAN hacia el este, con la instalación de un sistema antimisiles en Europa oriental y mediante la injerencia en la soberanía de terceros países (revoluciones de colores en algunas repúblicas ex soviéticas o Primavera Árabe). La percepción de esta amenaza y la nostalgia del pasado reciente como superpotencia, sentimientos muy extendidos en la opinión pública, son dos de las constantes de la política internacional rusa desde la llegada de Putin al poder a finales de 1999, junto con la defensa de los intereses del estado ruso, de su economía y de sus ciudadanos residentes en las repúblicas ex soviéticas, que en Moscú muchos denominan el “extranjero cercano”.

En esta línea hay que enmarcar la invasión de Crimea y la intervención en el Donbass (Ucrania), donde se ubican las autoproclamadas repúblicas populares de Lugansk y Donetsk para las que el Kremlin defiende el derecho de autodeterminación contemplado en los acuerdos de Minsk de febrero de 2015. Pero también la mediación rusa en Transdnistria o la influencia mantenida en Kazajstán (con casi un 40% de población rusa, concentrada en el norte del país). La guerra con Georgia de 2008 por los territorios secesionistas de Osetia del sur y Abjasia que Moscú apadrina de facto, el creciente control ruso de instalaciones energéticas y militares en Kirguistán y Tayiskistán o la iniciativa de la Unión Euroasiática con Kazajstán y Bielarús constituyen otros ejemplos de cómo, tras el desastre que supusieron los años de Yeltsin en la década de los 90, Moscú ha retomado la iniciativa geopolítica en el espacio post soviético.

Fuera de éste, Rusia busca recuperar espacios de influencia internacional de los que ya disfrutaba antes de la disolución de la URSS en 1991, aprovechando la erosión que la crisis económica y financiera global ha causado en la capacidad de las potencias occidentales de controlar la política y la economía mundiales. Esta circunstancia es fácilmente observable en aquellas regiones en las que Rusia tiene intereses económicos, de seguridad y geoestratégicos vitales, como Oriente Medio. En este último escenario Siria ha sido el ejemplo más visible. La intervención militar directa de Rusia ha permitido a Al-Assad consolidarse frente a DAESH y a los grupos de la llamada “oposición moderada”, reforzando al régimen de Damasco de cara a las negociaciones de Ginebra y evitando el vacío de poder que podría generar su eventual colapso. Una vez conseguido ese objetivo el Kremlin anunció por sorpresa el 14 de marzo la retirada gradual de sus tropas de suelo sirio, en un movimiento táctico que refuerza su posición mediadora. Pero Rusia está incrementando también de forma notable su influencia en Egipto (Al Sisi ha visitado Moscú en cuatro ocasiones desde su llegada al poder en 2013), ha promovido la creación en Bagdad de una célula de inteligencia entre Rusia, Irak, Irán y Siria para hacer frente al yihadismo wahabita y a la influencia occidental en la zona y ha establecido una alianza estratégica con Teherán, mientras mantiene tensas relaciones con Turquía, país miembro de la Alianza Atlántica.

En otra zona sensible como Asia oriental, Rusia ha jugado la carta de la complementariedad en sus relaciones con China, con quien cerró en noviembre de 2015 un partenariado estratégico que incluye más de 30 acuerdos de cooperación en materia financiera, tecnológica, comercial y energética –provisión de gas natural por un periodo de 70 años-, mientras en el ámbito de la seguridad ambos países son fundadores de la Organización de Cooperación de Shangai y comparten otros foros (BRICS, APEC, G20 entre otros) en los que ejercen un contrapeso económico y político a las potencias occidentales, ejerciendo un papel moderador en asuntos como la crisis nuclear con Corea del Norte y de cooperación en la construcción de un canal transoceánico en Nicaragua como alternativa al de Panamá, controlado por Estados Unidos.

En base a todos estos hechos, ¿cuáles son los elementos que definen la política exterior de la Federación Rusa? ¿Cómo ha evolucionado y que podemos esperar de ella en el futuro? ¿Cómo pueden influirle los factores internos? ¿Estamos volviendo, como algún analista ha escrito recientemente, a una reedición de la Guerra Fría?

El próximo 30 de marzo debatiremos de todos estos asuntos y trataremos de hallar algunas respuestas junto a Nicolás de Pedro, investigador principal del CIDOB, Marta Ter, investigador del Observatorio Eurasia y Francesc Serra, profesor de Relaciones Internacionales de la UAB. Dirigirá este #BWRussia Joan Ribas, miembro de BeersAndWorld.

Os esperamos a las 19 horas en Inusual Project (Carrer Paloma 5)

BWRussia

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